• Dr.Desastre

De la vez que saqué sangre



Qué ganas tenía de volver a publicar alguna anécdota de mi humilde y corta experiencia con la medicina. En este caso eran las prácticas de medicina preventiva y comunitaria, esa asignatura donde te enseñan miles y miles de datos estadísticos que sinceramente os digo, y pese a quien le pese, el 99% no valen para nada. A mi parecer podría ser una de las asignaturas más bonitas de la carrera, puesto que la atención primaria es amplia e interesante pero, así lo quieren los hombrecillos cultivados de bata blanca y así lo debemos de acatar, amén.


En las prácticas, salvo unos pocos días la cosa no cambia, a menos en mi universidad. Te hacen realizar trabajos innecesarios e inútiles (se me perdone) e incluso algunos profesores te “invitan” a trabajar por ellos en algún que otro proyecto de investigación, por así llamarlo. Pero, siguiendo la tónica de todas mis prácticas, sabéis que siempre intento buscar lo positivo, y aquel día lo busqué y lo encontré de bruces.


Consistía en ir una semana a un centro de salud y aprender un poquito sobre su funcionamiento, pasar por sus distintas áreas y sobre todo, interaccionar con el paciente y preguntarle cositas (esto me encanta). Me vestí para la ocasión, con sonrisa de oreja a oreja, saliendo una hora antes para encontrar aparcamiento y que no me pillase el toro (mi gran enemiga, la impuntualidad) y ataviado con mi impoluto disfraz de médico y sus complementos (fonendo para que parezca más importante, boli y libretita por si acaso y alguna que otra tabla SOS).


La mañana fue genial, después de estar un rato en la consulta me fui con uno de los enfermeros del centro (que era muy agradable) y me explicó muchísimas cosas que aunque suene triste, en la carrera no se nos explica. Tan agusto me sentía que interaccionaba más con los pacientes y hasta una viejecita encantadora me dijo que iba a ser un gran médico (¡Dios te oiga reina!). Tan buenas migas hice con aquel enfermero que le propuse venir un poquito antes a la mañana siguiente para que me dejara sacar sangre, a lo que él, accedió.


Envalentonado hasta la médula, me levanté al amanecer siguiente dispuesto a la aventura (la primera vez que saqué fue todo rodado, enserio eh!), esta vez, desayuné bien para evitar malos contratiempos y adelante. Llegué un poco nervioso, para qué os voy a engañar, la primera vez que extraje sangre fue en la universidad, a un compañero, sin presiones, pero esta vez ya era de verdad, a un paciente, con una cola que salía del centro y todo el personal mirándome (sí, todo esto pensé, lo que hizo que en mi estómago empezase una fiesta fin de año). Dejé pasar dos extracciones a modo de tutorial, y al tercero, un chico joven y fuerte, allá que me enfundé los instrumentos y me presté. Palpé, palpé más, toqué aún más, mierda, no la encuentro. Palpé de nuevo... ¡yuju! ¡Aquí estás!. Puse el lazito tranquilizador de brazos, empuñé la jeringa y adelante. Pasan esos segundos de, “¡por favor que salga sangre!”, esos segundos siguientes de “¡Mierda, no sale!” y ya el último tercio de segundos que es “¡Vamos a moverla!”. Aquí es cuando queridos lectores, la enfermera/o o cualquier otro profesional sanitario (o estudiante con la L), empieza a mover la agujita, cosa que nos produce apretar los dientes y cerrar los ojos con fuerza, ¿verdad?. Pues bien, yo en ese momento, en vez de pensar en encontrarla, miré al paciente, vi su cara de sufrimiento y en mi vista empezaron a dibujarse unos puntitos blancos (craso error!). Se movían, se iban haciendo más blancos y detrás de ellos vi la sangre ya por fin salir; más puntitos y aún más grandes y más blancos pero terminé. Después miré al enfermero, le dije que iba a avisar a mi compañera y tambaleándome salí de aquel dormitorio de Drácula. Habéis acertado, otra vez me cogió el mareo, ¡ouch!


Cuando llegué hasta mi compañera, después de hacer un circuito en zig-zag por todo el centro, me miró, me dijo que estaba blanco como el papel y yo muy disimuladamente, pues había que guardar las apariencias (llevaba bata jeje...), me dejé caer en una silla que había allí.


Es curioso, pero siempre que me mareo en acto de servicio, hay una silla cerca justo en el momento oportuno, casualidad.


¡Espero que os haya gustado mi gesta! Jeje...